Morir por amor a la caza

Recuerdo que he preguntado a algún cazador cómo llevaba lo de la caza y se le nublaban los ojos cuando me informaba que lo había dejado todo un mal día, cuando se truncó su vida por un disparo quebrador.

Jueves, 02 de Enero de 2014 · José Luis Garrido · Artículos · comentario 2
Hay otros que andan entre siquiatras porque no consiguen superar el trance de un mal tiro. No quieren hablar de caza porque produjeron un siniestro al compañero de cuadrilla, que suele ser un familiar, amigo, o allegado, que no olvidan. Alguno, incluso se ha quitado del medio con otro disparo, cuando se percató de que había matado a su compañero. Me recuerdan el de un cazador canario que se quitó la vida hace pocos años después de matar a su cuñado, o cuando otro en el Pirineo mató a un amigo una noche al jabalí e hizo lo mismo tras llamar a los padres de su víctima. Y ahora el de Tineo. Y no es que la caza sea un deporte muy peligroso, pero sí que es de riesgo y con muchos practicantes. Los porcentajes de accidentalidad de la caza son superados por otros deportes o prácticas habituales. Pero los cazadores tenemos muchas posibilidades porque hacemos muchos disparos, que no son salvas. En estos últimos diez años los cazadores españoles hemos disparado unos mil quinientos millones de tiros (150 por cazador y año) y, entre ellos, alguno indeseado. En esta década última han fallecido durante la caza, y sólo por disparos de arma, cerca de trescientos cazadores. Demasiados siniestros. No las carga el diablo, las cargamos nosotros y a veces no las descargamos o aseguramos a tiempo. Se descargan normalmente con gran satisfacción porque se consuma el lance positivamente y alguna vez, sin saber cómo, o sabiéndolo desesperadamente, tronando hacía donde no debieran; muchas veces mirando el arma hacia el propio cazador.   
 
Todos conocemos algún suceso con quebranto de la vida de un cazador, por un disparo estúpido. “Si me pasara a mí, me pegaría un tiro”, había dicho el veterano cazador de 74 años de la peña de Barredo, –Tineo (Asturias) –, y lo cumplió, después de que el disparo matara a su amigo, otro veterano de la misma edad. El suceso nos dejó muy fastidiados a los cazadores este 27 de octubre pasado, pues llovía sobre mojado. El día anterior habían muerto otros dos cazadores, un joven de 35 años en Artana (Castellón), y un jovencito de 17 años, aún más cargado de futuro, en Ribas de Miño (Lugo). Los medios de difusión han dado cumplida noticia de estos siniestros. Cuatro muertes el mismo fin de semana, en tres batidas al jabalí, son demasiadas muertes para una afición insultada y cada día más escasa. 
 
Aún cargados de prudencia, un mal disparo lo podemos hacer cualquiera. Pero es más fácil que le ocurra al cazador irreflexivo que dispara a lo primero que se mueve o compra un rifle y no sabe echar el seguro o cargar el arma el día que la estrena, que los hay, que a un cazador sosegado que dispara a lo identificado y meticuloso con el seguro del arma, que somos la mayoría. Más de una perdiz y algún que otro jabalí se nos ha ido porque cuando habíamos cogido los puntos o conseguido meterlo en el dial, el arma no respondió por el seguro. Siempre que se me escapa una pieza, y se me van cada vez más, digo lo mismo: esa es buena para el próximo lance, como el soldado que huye es bueno para otra guerra. Pero repito, toda prudencia es poca. A muchos cazadores se nos ha disparado el arma alguna vez, sin desearlo. En mis inicios, una vieja escopeta de gatillos a la vista, me traqueó hacia el suelo y adelante, menos mal, porque se enganchó en una rama. No había puesto el seguro, como me repetía cansinamente mi padre. Jamás me volvió a ocurrir. Ni Dios lo quiera.
    
Tabla de siniestros década (2003-2012)
En la tabla 1 los datos de fallecidos, víctimas y lesionados de cada año son los reales que corresponden a los siniestros diligenciados por la mayor aseguradora de cazadores en España, Mutuasport, que atiende y ampara todas las posibilidades de siniestro que pueda sufrir un cazador durante la cacería o en el camino de ida o vuelta. Esta mutua ha aglutinado cada año de la década tratada (2003-2012) una media de 205.000 seguros de responsabilidad civil para daños a terceros y 408.820 de daños propios del cazador, a través de la licencia federativa. Los datos estimados en el ámbito nacional (columna de la derecha) se deducen extrapolando los reales de los mutualistas hasta el número medio de cazadores estimados en España, que para esa década ha sido de unos 950.000 cazadores.
 
Entre unas cosas y otras, durante esa década 2003-2012, cada año han muerto en España aproximadamente 55 (54’5) cazadores, además de 1’4 con gran invalidez. De esos muertos anuales, 28 lo fueron por disparo de escopeta, propia o ajena, y otros 27 (26’5) por diferentes tipos de siniestros inducidos durante la actividad. Considerando valores medios, hemos aumentado las muertes anuales desde la anterior estadística 2000-2006, que hice hace seis años, a pesar de que entonces había unos cien mil cazadores más. Deberíamos reflexionar más sobre todas estas muertes que acarrea la caza. Y las secuelas. Según esas estimaciones cada año se producen siniestros con alguna invalidez para otras 57 víctimas y alguna lesión a 5.282 cazadores. 
Hay una variada causalidad y un amplio espectro de accidentes amparados por el seguro, pues por la caza nos morimos y matamos de mil maneras. Las muertes más habituales lo son en siniestros por tiro propio o ajeno; en algún caso interviene fatalmente el azar. También hay cazadores que se mueren de infarto, porque los supera la pasión. A otros los mata el rayo del cielo y en las estadísticas se cuentan también otras muertes, como accidente en el viaje, caídas a precipicios o muerte por salvar al animal colaborador. Estas últimas son entregas sublimes de la vida por amor a un animal, que calibran la calidad de esos cazadores. No obstante, las heroicidades que cuestan la vida a una persona no podemos alentarlas. Y menos cuando en la mayoría de estos casos si muere el cazador, también el animal. Luego es absurdo. Casi todos los años muere algún cazador por amor, por salvar a su colaborador caído a un pozo, un canal, etc. El último ha sido el cartero de Castroverde de Campos (Zamora), un cetrero que el pasado 30 de noviembre pereció ahogado en un pozo al que bajó para salvar a su azor, que cayó al agua tras el conejo al que perseguía.
 
Repito, que nadie estamos libres de producir un siniestro con el arma, pero ayuda mucho a evitarlo el tener como costumbre de cazador prudente, disparar sólo a lo que se identifique, así como abrir la escopeta y echar el seguro en todas las situaciones sensibles. Da mucha tranquilidad que la cuadrilla mantenga estas tres normas. Si este escrito sirve para que los que lo lean, recomienden a los compañeros esas medidas tan sencillas, misión cumplida, porque, desgraciadamente, el goteo mortal persiste. 
 
Publicado en FEDERCAZA (Enero 2014) José Luis Garrido
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